EN LA OPINIÓN DE ADONIAS ROSALES SIERRA
Es inevitable comparar este abandono con la invasión española a nuestras tierras, porque el mestizaje que nos impusieron hace siglos sigue prevaleciendo hoy con una brutalidad intacta: los puestos clave del gobierno, donde se toman las decisiones y se reparte el presupuesto, están ocupados por los mestizos, mientras que los indígenas apenas y alcanzamos cargos de segundo o tercer nivel, o simplemente somos excluidos de la política y la justicia.
Esta estructura colonial se hace evidente cuando ocurren desastres naturales como el huracán Simón; mientras Acapulco recibe toda la atención por ser un botín electoral, nuestros pueblos originarios son olvidados a su suerte, sin un conteo real de los derrumbes que tapan nuestras carreteras, sin maquinaria para liberar nuestros caminos y sin el respeto a nuestros derechos plenos, demostrando que para el Estado seguimos siendo los vencidos a los que solo les toca sobrevivir en el olvido.

Es una burla y una muestra de absoluto desprecio que hayan volcado todos los esfuerzos y recursos en Acapulco desde el primer minuto del impacto del huracán Simón, mientras nuestra Montaña se hunde en el lodo. Se entiende que Acapulco tenga una población de 834,889 habitantes y que su atención sea prioritaria por su densidad, pero es indignante pensar que la verdadera razón de ese trato preferencial es meramente electoral: ahí se define quién va a ganar, ahí están los votos y por eso reciben atención inmediata.
Mientras tanto, en la Montaña, los pueblos indígenas quedamos completamente solos para sortear nuestra suerte, como si nuestra vida y nuestra dignidad valieran menos que la de los habitantes del puerto.

La desatención hacia nuestras comunidades es brutal que ni siquiera tienen un conteo oficial de los deslaves que tienen tapadas nuestras carreteras. El recuento preliminar de Protección Civil reportan nueve derrumbes en Tlacoapa, Santa Cruz del Rincón, Acatepec y Atlixtac, dejando fuera del radar a Cochoapa el Grande y otros municipios de la región.
Las capturas que mostramos evidencia el camino de Loma Toro, completamente bloqueado por piedras, lodo y escombros, al igual que la comunidad de Tierra Blanquita ambos del municipio de Acatepec, donde cientos de familias están incomunicadas, se muestra la devastación de viviendas colapsadas en Mesón de Ixtlahuac, más de 20 vehículos atascados desde el 9 de octubre y tramos enteros sepultados. No hay un censo real de los daños porque simplemente no les interesa saber cuántos pueblos se encuentran con carreteras obstaculizadas sin que pueda llegar mercancía que abastece de productos de la canasta básica.

El impacto negativo no solo se mide en casas caídas o postes derribados, sino en la educación de los niños, que tienen que arriesgarse a cruzar lodazales para ir a la escuela o simplemente quedarse en casa porque no hay paso. A esto se suma el abandono criminal de la CFE, que no restablece la luz eléctrica escudándose en que los caminos están trozados, y la falta de médicos, en lugares como San Miguel Amoltepec llevan 18 meses sin atención médica. Las autoridades alegan no tener retroexcavadoras, obligando a los hombres y mujeres a salir con picos y palas a tratar de liberar las vías.

Es inaceptable que los gobiernos mestizos nos regateen las obras, la ayuda humanitaria y las máquinas, tratándonos como ciudadanos de segunda clase. Mientras en Acapulco se despliegan miles de elementos de seguridad y maquinaria pesada, en la Montaña los pueblos seguimos sorteando nuestra suerte, padeciendo el frío, la neblina y la angustia de no saber si un enfermo o una mujer embarazada llegará a salvo a un hospital.
Las autoridades estatales y federales deben atender a la region montaña igualmente y con la misma urgencia con la que atienden al puerto, también somos humanos merecemos dignidad.
Fotografías: Adonias Rosales y Redes
